ORFEÓN SAN JUAN BAUTISTA DE PUERTO RICO Y CORO EXAUDI SÁBADO 4 DE ABRIL A LAS 6:00 P.M. EN LA BASÍLICA

 

ORFEÓN SAN JUAN BAUTISTA DE PUERTO RICO Y CORO ENTREVOCES, 2 DE ABRIL  A LAS 7:00 PM EN SAN FELIPE NERI

XII FESTIVAL INTERNACIONAL DE COROS CORHABANA DEL 27 AL 2 DE JULIO DE 2016

 

 

PRÓXIMAMENTE: XIV FESTIVAL Y CONCURSO DE GUITARRA DE LA HABANA DEL 17 AL 24 DE ABRIL

 

 

Iglesia de San Francisco de Paula

La iglesia y hospital de caridad designados con el nombre de San Francisco de Paula, fueron fundados gracias al Ldo. don Nicolás Estebes Borges, beneficiado rector de la Parroquial Mayor de la ciudad de San Cristóbal de la Habana y deán electo de la Santa Catedral de Santiago de Cuba,

quien en 10 de diciembre de 1664 confirió poder para testar en su nombre al Sr. obispo don Juan de Santo Mathia Saenz de Mañozca y Murillo y al maestre de campo don Francisco Dávila Orejón Gastón, dejándoles escrita una Memoria con las instrucciones para revelar su testamento, lo cual estos últimos realizaron el 25 de abril de 1665 ante el escribano don Domingo Fernández Calaza.
Con el legado del presbítero (45 002 pesos y 4 reales) y algunas limosnas más, se comenzó a construir la ermita, cuya primera piedra fue colocada el 27 de febrero de 1668. Se desconoce la fecha exacta en que fue concluida esta fábrica así como el hospital aledaño, los cuales ocupaban una manzana del barrio de Campeche, con un costado pegado al mar. La iglesia de San Francisco de Paula fue concebida en su fisonomía actual después de haber sido dañada por un ciclón en 1730, aunque se desconocen la fecha exacta de su total reconstrucción junto a la del hospital aledaño, ya desaparecido y los artífices a quienes se debieron ambos inmuebles. Al tener sus cuerpos separados por columnas dóricas con pedestales, la fachada del templo se asemeja a las de la iglesia de Santo Domingo, en Guanabacoa, y del convento de San Francisco de Asís, también erigidos durante el siglo XVIII.

Tales construcciones tuvieron que ser reedificadas tras ser prácticamente derruidas por el furioso temporal que azotó a la ciudad el 26 de septiembre de 1730.

Gracias al obispo Juan Lazo de la Vega, inmediatamente se inició la reconstrucción de la iglesia y sacristía. Esta última, según rezaba una lápida sobre la puerta que la comunicaba con el patio de la iglesia, quedó concluida el 2 de abril de 1735.

Hacia 1777, por iniciativa del capitán general, marqués de la Torre, se construye la Alameda de Paula, contigua al hospital. Al otro extremo de ese paseo se había erigido el teatro Principal, concebido para destinar su arriendo al sostenimiento de la Casa de Recogidas, adonde eran enviadas las mujeres consideradas incorregibles y que muchas veces eran recluidas en Paula.
Ya bajo el episcopado de Felipe José de Trespalacios (1788-1799), la iglesia de Paula termina de ser reconstruida hasta adquirir su fisonomía actual. Con el auspicio de la condesa de Santa Clara, esposa del gobernador y capitán general de la Isla, don Juan Procopio de Bassecourts, se ampliaron y mejoraron ostensiblemente las salas del hospital, además de implementarse un nuevo reglamento.
Tras la llegada a La Habana del obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1802), se sigue ampliando el hospital, y se crea una sala para enfermas de contagio, según acuerdo tomado entre este prelado y el marqués de Someruelos. También se destinan fondos para reparaciones mayores en el edificio, que el propio obispo se ocupaba de inspeccionar y dirigir. A Espada se debe que las dementes, desprovistas de un trato adecuado, fueran atendidas en Paula a partir de 1826, «bajo ciertas condiciones y sin que perjudiquen a las demás enfermas». Esta disposición se cumplió hasta 1829, cuando se instituyó un departamento para acogerlas en la Casa de Beneficiencia. A estos hechos, Cirilo Villaverde hace referencia en su novela Cecilia Valdés.

Desde que en 1909 según decretos gubernamentales la iglesia y hospital de Paula pasaron a ser propiedad de la Havana Central Railroad Co., ambos inmuebles quedaron a expensas de las decisiones de esa compañía, cuyas líneas ferroviarias estaban muy vinculadas a la dinámica portuaria y el consecuente tráfico de mercancías. Destinados a almacenes, ya con su parte trasera mutilada y en total estado de abandono (una grieta partía el frente de la iglesia en dos mitades, por lo que había requerido apuntalamiento), tales edificios resultaban un estorbo para los planes de establecer más vías férreas que facilitaran el transporte de mercancías hasta los espigones del puerto.Así, el 10 de junio de 1937, el administrador general de Ferrocarriles Unidos solicitó licencia del Ayuntamiento de La Habana para demoler lo que quedaba de la antigua iglesia y hospital. Contrario a la destrucción de la iglesia, el 25 de agosto de 1937, el arquitecto municipal, jefe del Departamento de Urbanismo, Emilio Vasconcelos, rinde a la Alcaldía un informe en el que pide denegar la licencia solicitada por Ferrocarriles Unidos, lo cual logra, aunque no hace reparos a que se derruya el ya ruinoso hospital, por considerarlo de menor valor arquitectónico que aquélla.
Esa decisión permitía según proyecto de Vasconcelos prolongar la Alameda de Paula a través de los terrenos ocupados por el antiguo hospital y unirla con la calle Desamparados. De esta manera, sin necesidad de demoler la iglesia, se podía completar el circuito de la Avenida de Circunvalación (desde la entrada del puerto, pasando por la Alameda de Paula, hasta la Avenida de Bélgica) y facilitar la descongestión de los muelles al ofrecer una amplia y fácil salida de todo el litoral. Con este criterio estuvo de acuerdo la Comisión Nacional de Arqueología, creada el 9 de agosto de 1937 a propuesta de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación.

No conforme con la decisión denegatoria de la Alcaldía de La Habana, Ferrocarriles Unidos presenta recurso contencioso-administrativo a la Audiencia de esta capital, a donde son remitidos en 1939 los antecedentes y el expediente administrativo. Este litigio se dilata cinco años, durante los cuales el Departamento de Urbanismo logra frenar la demolición insistentemente pedida por aquella compañía extranjera.

Mas, ya para entonces, la Junta Nacional de Arqueología y Etnología había logrado el estatuto legal que podía evitar ese fatal desenlace: la Declaración de Monumentos Nacionales. En efecto, tal Declaración había sido aprobada por decreto presidencial del 16 de junio de 1944, en el que se disponía que a solicitud de la referida Junta «se declarará Monumento Nacional todo lugar, inmueble, conjunto, ruina, parte o adorno de inmuebles, u objeto mueble que así lo amerite, a juicio de la Junta, por su valor histórico o artístico».

Se cumplía así un propósito largamente acariciado por la Comisión de Monumentos, Edificios y Lugares Históricos y Artísticos Habaneros que fundada el 26 de noviembre de 1940 por Roig de Leuchsenring al amparo de la nueva Constitución de la República, incidiría con su quehacer en la creación de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, según decreto presidencial del 25 de noviembre de 1942.

Al presidente de dicha Junta, don Fernando Ortiz, pidió Roig de Leuchsenring una urgente convocatoria de la misma tras saber por intermedio del arquitecto José M. Bens Arrarte que Ferrocarriles Unidos persistía en su aviesa intención. A fin de parar la acción demoledora de esa compañía, el 27 de julio de 1944, el Historiador de la Ciudad presentó una moción para que la iglesia de Paula fuera declarada Monumento Nacional, además de que se recomendase su expropiación forzosa por el Estado, junto a la de los terrenos en que se encontraba edificada y los circundantes necesarios para la construcción de un parque en su costado Este y la prolongación de la Alameda de Paula hasta su unión con la calle Desamparados.

Ambas propuestas aprobadas unánimente en el seno de la Junta fueron sancionadas a los pocos días por sendos decretos presidenciales del 2 y 11 de agosto. Y en virtud de la Declaración de Monumento Nacional a favor de la iglesia de Paula, la Alcaldía Municipal denegó la licencia de demolición solicitada por Ferrocarriles Unidos, los cuales interpusieron recurso de reforma contra esa resolución, el 8 de septiembre de ese mismo año, insinuando en su defecto el pago de una indemnización.
Lejos de tramitarse el decreto presidencial de expropiación forzosa a favor de la iglesia de Paula, ese ya Monumento Nacional volvió a sufrir amenaza en 1946 cuando, increíblemente, una identidad estatal el Ministerio de Obras Públicas manejó la idea de trasladarlo íntegramente a otro sitio o, incluso, de demolerlo para prolongar la Avenida del Puerto como parte de un plan de ensanchamiento y embellecimiento de la capital. Gracias a la oposición de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, ese dislate no tuvo lugar, pero el proyectado ensanche «macheteó lamentablemente la Iglesia de Paula, dejándola en su mínima expresión arquitectónica (...)», según expresión de Roig de Leuchsenring que corroboran estas imágenes de archivo.
Tal demolición comenzó a efectuarse el 28 de febrero de 1946 y fue interrumpida a la mañana siguiente debido a la protesta paradójicamente de Ferrocarriles Unidos, que era aún la propietaria de ese inmueble y terrenos.

Reunida en sesión extraordinaria, el siguiente 2 de marzo, la Junta Nacional de Arqueología y Etnología se pronunció contra la demolición de la vieja iglesia declarada Monumento Nacional, y denunció la infracción cometida por el Ministerio de Obras Públicas ante el presidente de la República, significándole que confiaba en que su intervención la relevaría del deber de acudir a los Tribunales de Justicia.

Toda la prensa capitalina secundó la protesta, destacándose el periódico Información, que ya el 10 de febrero había publicado a plana entera un reportaje de Roberto Pérez de Acevedo, que incluía una entrevista a Roig de Leuchsenring.

Como resultado de tal movilización, «la piqueta de Obras Públicas» fue detenida y se aprovechó para tramitar el expediente de expropiación forzosa de la iglesia de Paula, el cual fue iniciado el 29 de marzo de 1946 y quedó aprobado en auto del 19 de julio, en el cual se fijó precio al inmueble y terrenos. El Estado cubano tomó posesión de los mismos el 8 de agosto de 1946, pero no fue hasta el 28 de febrero de 1956 o sea, diez años después que firmó la escritura de venta e indemnizó a Ferrocarriles Unidos con 143 046, 25 pesos.

Para septiembre de 1946, habían concluido las obras de prolongación de la Avenida del Puerto, que incluyeron la reconstrucción de la Alameda de Paula y, por añadidura, la reparación de la iglesia homónima. Diez años después (1956), siendo ya sede del Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas, el templo volvería a ser restaurado, pero había caído bajo la piqueta la parte trasera del templo, así como los restos del hospital.

Desgajada de la Alameda, la iglesia de Paula quedó en el interior de un círculo, rodeada por dos anchos brazos de calles y con un aparqueamiento de automóviles en sus inmediaciones. (Esta situación, como se verá más adelante, varió en 2000 cuando la Oficina del Historiador de la Ciudad culminó el proyecto de restauración de esa joya patrimonial).

El 5 de enero de 1951, el templo fue cedido de acuerdo con la Junta Nacional de Arqueología y Etnología al Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas (IMIF), creado en 1949 por el músico Odilio Urfé. Y al año siguiente (24 de mayo de 1952) se iniciaron las obras de restauración y adaptación de sus locales para acoger el museo y archivo de esa institución.
Convertida desde 1956 en sede del Instituto Musical de Investigaciones Folklóricas, que dirigía el maestro Odilio Urfé, la iglesia de Paula acogió uno de los más importantes fondos documentales de la época, además de funcionar como sala de conciertos, exposiciones y conferencias.
A la muerte de Urfé en 1988, el Instituto Cubano de la Música decidió convertir el Seminario en el Centro de Información y Promoción de la Música Cubana Odilio Urfé, cuyos fondos son trasladados a G y Línea en el Vedado. La iglesia de Paula fue ocupada entonces por el Centro de la Música, que hizo dejación de la misma en 1996 a la Oficina del Historiador, en gesto de generosidad que Eusebio Leal ha agradecido públicamente al Ministro de Cultura, Abel Prieto, y en especial a Alicia Perea, directora de aquella institución.

La Iglesia y Alameda de Paula quedaron nuevamente unidas en el año 2000 gracias a un proyecto de la Oficina del Historiador de la Ciudad que ha revitalizado el entorno del pequeño templo, convertido desde entonces en capilla del arte sacro contemporáneo cubano.
La intervención en la Alameda e iglesia de Paula reviste una gran importancia urbana pues se inscribe en el plan de rehabilitación de toda la Avenida del Puerto partiendo desde la Plaza de San Francisco, a tenor con el nuevo carácter sociocultural que han adquirido dichos espacios como componentes del Centro Histórico.

Al unirse la iglesia a su Alameda, se permite el acceso cómodo y seguro a la hoy sala de conciertos, además de lograrse una mejor organización de la circulación vehicular. Con este objetivo, se activó el carril pegado al mar para desviar el tráfico que, hasta ese momento, se realizaba a través de una sola vía en dos sentidos de circulación, atenazando al templo como un islote o rotonda, lo cual dificultaba tremendamente el modo de acceder a éste.

Ahora, viniendo por la Alameda, se puede llegar fácilmente a la antigua iglesia a través de una explanada que además de favorecer con su diseño la circulación vial en ese entorno constituye en sí misma un espacio público con posibilidades de uso sociocultural, como es la creación de un sitio arqueológico donde se muestran los cimientos de la sacristía.

Iniciada en 1998, la restauración de la iglesia de Paula incluyó entre las tareas más detalladas y precisas el tratamiento de los muros, cuya piedra fue trabajada respetando su naturalidad, color y textura. En el caso de la fachada exterior, se dedicó especial atención a su limpieza, eliminando los repellos superfluos y salvaguardando los restos de pinturas murales. Igual tratamiento recibió la cúpula, cuyas grietas fueron selladas y recuperó su cruz de hierro en la cima. También se repusieron las tres campanas que, según fotos de época, pendían de la espadaña.
Con el objetivo de contribuir al estudio sociohistórico de la iglesia de Paula, como preámbulo de su rehabilitación monumental, durante los años 1996 y 1997 se efectuaron allí excavaciones arqueológicas que arrojaron nuevas evidencias sobre las costumbres funerarias en el interior de los templos habaneros.

Antecedidas por la aplicación de técnicas de prospección, mediante las cuales se detectaron las zonas de posibles enterramientos, las excavaciones arqueológicas se realizaron en la entrada de la iglesia (debajo del coro), en el centro de la nave y entre las puertas laterales. En efecto, se encontraron varias sepulturas en distintos niveles, destacándose por su interés arqueológico y antropológico los enterramientos llamados primarios y primarios modificados. Gracias al estudio antropológico, quedó comprobado que la iglesia brindó servicios funerarios no sólo al aledaño hospital de mujeres, sino que allí se enterraron individuos de ambos sexos y diferentes edades. En general, se debió dar sepultura a una población de baja condición social, ya que la mayoría de las osamentas exhumadas presentaban signos anémicos y de mala salud dental, entre otros rasgos que revelan un déficit alimentario.

Según las disposiciones dictadas por el obispo de Compostela en 1695, los niños debían ser enterrados junto al altar mayor, pero todo hace indicar que ello no se cumplía ya que se hallaron dos infantes bajo el coro. En este mismo sector aparecieran individuos con características melanodermas evidenciadas por un marcado prognatismo nasal. También se encontraron dientes en forma de pala, de lo cual se puede inferir la presencia de personas de origen mesoamericano, algo muy posible si se tiene en cuenta que la iglesia de Paula se erigió en el barrio de Campeche, llamado así por acoger las migraciones yucatecas que arribaron a La Habana en el siglo XVI.

 

 

 

         

Usted está aquí: Inicio Sedes Iglesia de San Francisco de Paula